Publicado el 14/07/2025 por Administrador
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La economía cubana atraviesa uno de sus peores momentos en décadas. Según datos presentados ante la Asamblea Nacional del Poder Popular en La Habana, el Producto Interno Bruto (PIB) de la isla cayó un 1,1 % en 2024, lo que marca el segundo año consecutivo de contracción tras un desplome del 1,9 % en 2023. El país no logra salir de la espiral de recesión en la que se encuentra desde la pandemia, y los indicadores actuales muestran una situación cada vez más crítica.
Los sectores productivos estratégicos han sido los más golpeados. La agricultura, la ganadería y la minería han retrocedido más de un 50 % en comparación con sus niveles de 2019. La industria manufacturera, motor tradicional de empleo e ingresos, cayó un 23 % en el mismo periodo. Esta parálisis productiva ha tenido un efecto dominó sobre las finanzas públicas, las exportaciones y la disponibilidad de divisas para importar alimentos, medicinas y combustible.
Una de las causas principales del colapso económico ha sido la aguda crisis energética. Durante 2024, Cuba ha sufrido apagones de hasta 16 horas diarias en todo el país, provocados por la falta de piezas para las plantas térmicas y la escasez de combustibles importados. En octubre, se produjo un apagón general que dejó a la isla completamente a oscuras durante varias horas, generando indignación ciudadana y protestas en varias provincias.
El malestar social no ha tardado en manifestarse. En marzo, miles de personas salieron a las calles en Santiago, Matanzas y Holguín para protestar por la falta de alimentos, medicinas y electricidad. Fue la manifestación más amplia desde las protestas de julio de 2021. Aunque el gobierno logró contenerlas sin una represión masiva, el clima de frustración social persiste y crece.
A nivel fiscal, el panorama es desalentador: el déficit presupuestario supera el 10 % del PIB, uno de los más altos del mundo. La caída de las exportaciones, el aumento del endeudamiento externo y la erosión de las reservas internacionales agravan aún más las perspectivas de recuperación. Las remesas, que históricamente han servido como válvula de escape, también se han reducido por restricciones bancarias y el éxodo migratorio.
Factores externos, como las sanciones impuestas por Estados Unidos y las dificultades logísticas globales, han contribuido al deterioro. Pero también hay un componente interno innegable: la falta de reformas estructurales, la centralización económica y una gestión ineficiente han impedido que la economía recupere dinamismo. Incluso sectores con potencial, como el turismo, no han logrado repuntar a niveles pre-pandemia.
Desde organismos internacionales como la CEPAL se proyecta un crecimiento nulo o muy moderado para 2025, condicionado a la solución de la crisis energética y la atracción de inversión extranjera. Sin embargo, dentro del propio gobierno se admite que sin un cambio de rumbo profundo, será muy difícil revertir la tendencia.
La situación ha vuelto a traer a la memoria colectiva el llamado “Período Especial” de los años 90. Pero esta vez, el contexto es diferente: sin subsidios internacionales ni márgenes fiscales, y con una ciudadanía más conectada e informada, el margen de maniobra para el régimen es cada vez más estrecho.
Cuba vive una crisis total: económica, social y energética. El camino hacia la recuperación parece largo y sinuoso, y por ahora, el gobierno no ofrece una hoja de ruta clara. Mientras tanto, la población enfrenta el día a día con apagones, desabastecimiento y esperanza menguante.